- ¿A quién no le gustaría pasar unos días en el sur de Florida? A cualquiera que le preguntes mataría por poder ir.
Edward se mostraba sorprendido ante mi rotunda negativa. Cualquiera querría ir, sí, todos excepto yo.
- Será genial. Habrá chicas en bikini, música, alcohol, la playa… - él seguía con su charla, tratando por todos los medios de convencerme.
Sonaba a la típica fiesta de adolescentes que salían en las películas, en las que un tímido muchacho aprovechaba que sus padres se marchaban de fin de semana para invitar a todo el mundo y ser el más popular del instituto.
- Ya te he dicho que tengo mucho trabajo – le interrumpí bruscamente. Comenzaba a estar aburrido de tanta charla.
Mi tono de voz le hizo bajar de las nubes.
- No sé qué te pasa últimamente. Sé que tienes mucho trabajo desde que echaron a Paul, pero todos sufrimos las consecuencias. Por eso quiero que vengas, para que te relajes un poco y que volvamos a reunirnos los tres.
- ¿Los tres? – le pregunté, intrigado – ¿A quién más has invitado?
- Hombre, no pretenderás que te dejemos todas las chicas para ti sólo. Paul también viene.
Esas tres palabras captaron mi atención por completo. Así que Paul también iba a ir… No se me volvería a presentar una ocasión mejor.
- ¿Has conseguido hablar con él? Lleva semanas desaparecido.
- Sï, está en la casa que tienen sus padres en los Hamptons. Dice que se está tomando un descanso, para pensar qué quiere hacer. – Añadió con tono irónico.
- Está bien, me apunto. No me gustaría que se os aguara la fiesta por mi culpa.
- ¡Sí que te has hecho de rogar!Menos mal que ya rerservé el vuelo, sino ahora tendríamos que ir en turista. – Puso cara de espanto con sólo pensarlo.
- O podrías pedirle el jet a tu padre….
- Ojalá pudiera, pero está en plan “ejemplar” y quiere que sea independiente, me labre una carrera por mí mismo y blah, blah, blah – entornó los ojos mientras comentaba- le ha nacido la vena paternalista. ¡A buenas horas!
Horas después nos encontrábamos los dos plácidamente acomodados en nuestros asientos, rumbo a Miami. El avión de Delta AIrlines se preparaba para despegar, dejando atrás el aeropuerto JFK de Nueva York. Una vez se elevó del suelo, recliné mi asiento y cerré los ojos, dispuesto a dejarme llevar por la música que sonaba en mi iPod.
Tres horas más tarde nos encontrábamos en el aeropuerto de Miami. Tomamos un taxi y que nos llevó hasta la casa, en Indian Creek, una isla al noroeste de Miami Beach. Al salir del taxi, una mansión espectacular nos daba la bienvenida.
- No te dejes impresionar aún – presumió Edward. – Lo mejor está por llegar.
Y estaba en lo cierto. En su interior, una marabunta correteaba frenética por los pasillos. Los tacones de las camareras repicaban contra el suelo de mármol mientras llevaban las bandejas de canapés a las mesas bajo la atenta supervisión de Desmond, el mayordomo de la familia.
Edward quería que su fiesta fuera la más sonada de la zona y lo iba a lograr. Cualquiera que fuera alguien estaría aquella noche.
- Buenas tardes, señor Goldman – se apresuró a saludar Desmond. – ¿Han tenido un vuelo agradable?
- Sí, gracias Desmond. – contestó mientras el mayordomo nos cogía las americanas y las guardaba en un pequeño armario en el hall, camuflado detrás de un gran espejo de cuerpo entero – ¿Cómo va todo?
- Según lo previsto, señor. Sus habitaciones están preparadas, por si desean descansar antes de la velada.
- Magnífico. Paul llegará en un par de horas. Yo me quedaré a supervisar, pero tú si quieres puedes irte a dar una vuelta, John.
- ¿Desea que lo acompañe a su habitación, señor?
- No, tranquilo Desmond. Ya lo acompaño yo.
- Muy bien señor. Si no desea nada más, continuaré con los preparativos.
- Gracias, Desmond.
Dejamos el salón principal y subimos la escalera central, que conducía al piso superior y que estaba exquisitamente enmoquetada en un tono crudo. En la planta, todas las paredes exteriores eran grandes cristaleras sujetadas por columnas de madera de teka. Entramos en la primera habitación y Edward hizo un gesto.
- Bueno, aquí tienes. ¿Qué te parece?
- Espectacular.
Edward sonrió complacido. No podía dejar de mirar por la cristalera. La puesta de sol dejaba sin palabras. Las siluetas de los edificios que se veían a lo lejos se realzaban gracias al intenso color naranja que predominaba, mientras se ocultaba el sol tras ellos. Las palmeras que había en el embarcadero de la casa transmitían calidez. Era una vista única.
- Te dejo, que tengo que vigilar todo esto. A las nueve empieza, ¡así que no te retrases! - Y dicho esto salió tras cerrar la puerta.
Disponía de poco menos de dos horas para conseguir un coche y una lancha. No había tiempo que perder. Llamé a un taxi que me llevó a Bal Harbour Beach. Allí había una oficina de alquiler de coches. Bajé del taxi y entré. Una rubia muy bronceada me dio las llaves de un Freelander sin perder su blanca sonrisa, mientras pestañeaba sin cesar. Era muy atractiva y seguro que podría pasar un buen rato con ella, además me proporcionaría una coartada. Así que le di la dirección de la casa. Estaba seguro de que Edward estaría encantado.
Ya con el Freelander me dirigí a mi siguiente parada: buscar una lancha en los Everglades. El navegador me llevó hasta un cruce entre la 27 y Krome Ave. Giré a la izquierda y me adentré en una carretera secundaria. Buscaba algún granjero que tuviera allí una lancha pero no hubo mucha suerte. Unos diez kilómetros más adelante, un hombre salía de una caseta bastante ruinosa de madera y a su lado, cercana a la orilla, había una lancha. Premio. Era un hombre bastante castigado, de mediana edad, que aparentaba más edad de la que en realidad tenía. Llevaba unos tejanos roídos y una camiseta de tirantes bastante sucia y que en otros tiempos fue blanca. Me miró sorprendido y echó la mano al interior de la caseta mientras esperaba a que saliera del coche.
- Hola, buenas tardes – comencé a hablar en tono conciliador, mientras salía del coche y me acercaba pausadamente. – Sé que sonará extraño, pero mi prometida, bueno, mi esposa … estamos aquí de luna de miel – añadí una media sonrisa he hacía vibrar mi voz – siempre ha deseado visitar este lugar.. y me gustaría saber si podría alquilarme su lancha para dar un paseo.
El hombre soltó aquello que debía agarrar dentro de la caseta, una pala tal vez, y se acercó. Estuvo pensando unos minutos y finalmente habló.
- Yo no paseo a la gente. Hay gente que hace viajes…
- No, no. - Interrumpí. – La alquilaría para mi mujer y para mí. Un par de horas como mucho, para dar un paseo. Esta noche.
- Este lugar es muy peligroso si no se conoce bien y más si es de noche.
Debía convencerle, rápido.
- He estado estudiando mapas y viendo documentales. Por favor….sería un regalo fantástico para mi esposa. Acabamos de perder el bebé que esperábamos y he organizado este viaje para animarla un poco.
- Creí que estaban de luna de miel.
Este hombre era más listo de lo que parecía.
- Sí, es una segunda luna de miel. Vinimos aquí en la primera y se quedó con las ganas de visitar este lugar. Espero que la alegre, lleva unos meses muy deprimida.
Asintió brevemente.
- ¿Ya sabe manejar estos cacharros?
- He llevado lanchas motoras. ¿Son muy diferentes?
- No, podrá manejarla. ¿Cuánto va a pagar?
- El dinero no es un problema.
En cinco minutos ya tenía las llaves de la lancha y las indicaciones de su funcionamiento. Además, me había aconsejado adónde llevarla y los lugares más peligrosos de la zona.
-¡Sobretodo, vigile que no se le suban los cocodrilos a la lancha!
Los cocodrílos no serían el único problema para Paul.
Me había retrasado bastante. El trayecto de vuelta duraba una hora aproximadamente. Logré llegar a la casa en treinta minutos. Esquivé a Edward, que gritaba a todo el que pasara delante suyo y subí a cambiarme. Salía de la ducha cuando Paul apareció por la puerta.
- Edward necesita una copa.
- Y tú se la ibas a llevar, ¿verdad? – señalé la que llevaba en la mano.
- No, ésta es para mí. – Añadió con una sonrisa.
Acabé de vestirme y bajamos. Algunos invitados ya se encontraban allí, mayoritariamente chicas. En apenas veinte minutos, el salón principal se llenó de vestidos de diseño y camisas de última moda. Paul llevaba un buen rato en la barra cuando noté unos golpecitos en mi hombro.
- ¡Hola! - exclamó pizpireta mi cita de aquella noche.
- Hola. Estás preciosa. – solté mientras le daba un beso en la mejilla.
Bajo el moreno noté como se coloreaban sus mejillas.
- Espera un segundo que voy a buscarte una copa.
Me acerqué a la barra. Paul ya iba por el quinto bourbon. Me iba a poner el trabajo bastante fácil.
- Ahhhhhhhhhhh, ¿y eesa rubia? – comenzaban a relucir los efectos del alcohol.
- ¿Qué va a tomar? – nos interrumpió el camarero.
- Dos copas de Moët, por favor. – Contesté, y mirando a mi cita le dije a Paul. – Es una chica que he conocido esta tarde.
- Mmmmmmmmm.
Para él acababa de convertirse en la presa de aquella noche. A la que me separara de ella, se abalanzaría como un buitre. Pero en realidad ella era el cebo. Y él, mi presa.
Hacia la medianoche, se había trasladado la fiesta a la playa. Habíamos pasado la noche bailando y bebiendo y tenía que reconocer que estaba siendo una de las mejores citas que había tenido últimamente. Pero no podía perder mi objetivo de vista. Paul había mantenido las distancias y seguía cerca de la barra.
- Voy un momento al baño. ¿Me esperas aquí? – añadió con voz sexy.
- Sí, por supuesto – añadí con el mismo tono.
Ella respondió con un beso.
- Espera – la agarré del brazo.- Mejor sube a mi habitación, que tiene baño y estarás más tranquila. Es la primera.
Sabía que Paul iría tras ella, así que esperé a que la siguiera y subí. Paul estaba a punto de entrar en el baño. No me fue difícil sacar su cuerpo y meterlo en el maletero. La dosis de sedante que le había administrado era pequeña, por lo que debía darme prisa en llegar. Una vez hube aparcado, saqué a Paul del coche y puse en marcha la lancha. En pocos minutos nos encontrábamos en medio de un canal. Detuve el motor y esperé a que despertara. Era una noche apacible. La brisa hacía el ambiente más soportable y se podían ver las estrellas. Finalmente, la bella durmiente despertó. Aún confundido y desorientado, comenzó a gritar.
- John, ¿dónde estamos?
Trataba por todos los medios de soltarse, pero era una tarea difícil estando tendido en la lancha, boca arriba, con los pies y las manos bien atadas con cinta.
- Díle a Edward que salga. Ya os habéis divertido bastante a mi costa.
- Edward no está aquí. Estamos solos tú y yo… y los caimanes. Es hora de darte una lección.
- Si es por cómo me he comportado estos meses… lo siento. He perdido el norte. Pero vamos, tampoco es para ponerse así.
- ¿Acaso crees que me importa tu humor de estos meses?
- Entonces…¿qué narices hacemos aquí?
- Paul, si colaboras más, todo será más fácil….y menos doloroso.
- Mira, cretino – comenzaba a enfurecerse.- O terminas ya con toda esta historia o te aseguro que acabaré contigo. Haré que tu vida sea un infierno. No serás nadie…
- Como hiciste con Emma.
- ¿Quién?
- Una chica rubia, con la piel de porcelana… ¿la recuerdas?
- ¡Sácame de aquí!
- He estado hablando con ella…
- ¿Y se puede saber cómo ha sido eso, si está muerta?
Mi sonrisa empalideció su rostro. Se acercaba el momento.
- Es curioso que lo menciones… El caso es que ella quería vengarse de ti, hacerte lo que tú le hiciste.
- ¡Yo no le hice nada!
- ¿Y cómo sabías que estaba muerta? La policía la sigue buscando.
Se acababa de descubrir.
- Me lo he imaginado, cuando has mencionado que no la habían encontrado.
- No van a encontrarla, ¿verdad? Ya te has encargado tú de eso. ¿Dónde está?
- No lo sé. Si lo supiera, te lo diría. ¡Acaba ya con todo esto!
- Tranquilo, no serías tan impaciente si supieras cómo va a acabar esta noche.
- ¿Qué piensas hacerme?
Saqué un cuchillo y se lo mostré. El reflejo de la luna se podía ver en su hoja.
- ¡Estás loco!
- ¿Me vas a decir dónde está?
- ¡No lo sé!
Comenzaba a ponerse histérico.
- Veo que no quieres colaborar. Segundo intento: ¿por qué lo hiciste?
- ¿Quieres saberlo?
- Sí.
- Porque era un rollo de una noche, pero ella no lo entendió y empezó a llamarme llorando. Aparecía en el club y montaba una escena si me veía con otra chica.
- Y por eso la mataste.
-¡Fue un accidente! Una noche se presentó en mi casa. Me enseñó unas fotos y dijo que las iba a enviar a todos los periódicos. ¡Me quería destruir!Yo intenté convencerla pero salió corriendo. Corrí tras ella entre los árboles. Traté de alcanzarla pero desapareció. La estaba buscando cuando oí un grito. La encontré en el suelo. Se había caído y se había golpeado la cabeza con una piedra. Tenía sangre por toda la cara y una brecha en la sien derecha.
Yo seguía impasible, esperando a que saciara mi curiosidad.
- No tenía pulso y sabía que nadie me creería. Así que decidí librarme de ella.
- ¿En qué bosque está?
- Detrás de casa tenemos un acceso al Highlands State Park. Pero ella no está allí.
- ¿Qué hiciste con ella?
- Tiré su cuerpo al Hudson.
No había motivo para alargar aquelo más tiempo. Guardé el cuchillo en mi mochila y Paul respiró aliviado. Me acerqué a él. Rápidamente se sumió en un profundo sueño del que jamás despertaría. Los cocodrilos harían el resto.
J.D.
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