Jueves mayo 17, 2012 16:52

La señal

Los primeros rayos de la mañana iluminaban su larga melena. Emily dormía plácidamente mientras yo acariciaba con delicadeza su piel sedosa, temeroso de despertarla. Disfrutaba de ese instante a solas, tenerla sólo para mí era una delicia. Lástima que tuviera que despertarla para ir a trabajar. Con mucho sigilo, me separé de ella y fui hacia la cocina para prepararle un delicioso desayuno.
Preparaba unas tortitas mientras sonaba a mis espaldas una voz femenina procedente de la televisión. Sin saber por qué, me giré y presté atención a sus palabras. Mia Johnson, presentadora de las noticias matinales, narraba la escalofriante mutilación de un cadáver encontrado a orillas del río Hudson, cerca de Manhattan.
Estás pálido, John. ¿Te encuentras bien?
Emily me observaba asustada.
Sí, cariño. Sólo estaba viendo las noticias.
¿Seguro? - mi respuesta no lograba convencerla.
Yo tampoco estaba muy seguro de mi respuesta. No podía dejar de pensar en la señal que habían encontrado grabada en uno de los restos. Hannah estaba cerca.

———————————————————————————————————–

El teniente Callahan estudiaba unos informes mientras me daba paso a su despacho. No levantó la cabeza hasta que me tuvo frente a él.

- ¿Cómo va la investigación?

Estamos a la espera del informe forense.

¿No hay ninguna pista?

-  No, de momento – negué con la cabeza.- Estamos consultando las bases de datos para verificar su identidad.

-  ¿Y esa marca en el suelo que encontraron al lado del cuerpo?

-  Tengo a varios hombres investigando su procedencia.

Bien, manténgame informado.

Sí, señor.

Salí de allí repasando mentalmente el expediente del caso. Todos los días se hallaban cadáveres en la ciudad y normalmente se encargaba la policía local de las investigaciones, pero este caso requería la intervención de la agencia federal. Expresamente, el alcalde de Nueva York había llamado al director de la agencia en la ciudad para que se hiciera cargo del asunto. Las noticias mostraban el macabro escenario del crimen, ávidos de imágenes sangrientas que mostrar a su público más morboso. Si bien era un tema escabroso, la consternación del alcalde no era debida únicamente al lugar donde se había cometido el brutal asesinato, sino más bien de la posible identidad del cadáver. El juicio contra el ayudante del congresista Miller estaba a la espera del veredicto del jurado, pero todo hacía pensar que saldría declarado inocente. Miller llevaba varios días tratando de contactar con él pero no lograba dar con su paradero. El alcalde confiaba en que no se hubieran tomado la justicia por su mano y le afectara a su carrera política. Pero para ello debíamos avanzar  y teníamos apenas un par de pistas. El forense aún no había remitido el informe y eso sólo significaba una cosa: seguíamos a la espera. “¡Maldita sea!”, grité en mi despacho, con la nada como única audiencia y lanzando informes al aire. Las pruebas habían sido enviadas al laboratorio de Quantico siguiendo el protocolo y debíamos esperar su resultado. Sacudido por la impotencia, tomé mi chaqueta y me dirigí al ascensor para volver a la escena del crimen. La espera mientras  llegaba a mi planta se me antojó interminable. Entre precipitadamente en él, atropellando a los que tenía delante y con una imperceptible excusa me disponía a entrar cuando una mano detuvo con firmeza mi carrera.

-  ¿El agente especial O’Connor?

-  Sí…soy yo – titubeé, bastante sorprendido. La muchacha me miraba fijamente, esperando mi reacción. Al ver mi impasibilidad, prosiguió. – Aquí tiene el resultado del análisis forense – dijo, mientras me tendía un sobre marrón.

Yo me quedé observándola, cautivado por su presencia.  Su aspecto sobrio y elegante distaba mucho de la imagen típica de un mensajero. Habitualmente eran entusiastas  jóvenes cubiertos de acné los que subían el correo, emocionados por poder trabajar en el FBI y con la esperanza de ser agentes federales algún día. Ella, sin embargo, tenía la seguridad y aplomo de un agente, combinada con una belleza fría pero seductora a la vez. Logré sobreponerme al ver el desdén en sus ojos.

- Gracias. – Una ruda palabra salió de mi garganta, denotando mi enfado, mientras me disponía a volver a mi despacho. Al ver que me seguía, mi pulso se aceleró y me enfrenté a ella.

-  ¿Algo más?

- Supuse que querría que le detallara algunos puntos del informe.

-  ¿Lo has leído? ¿Pero quién te has creído que eres? – estallé.

-  Siempre leo los informes después de redactarlos. Soy la Dra. Brown.

Aquella frase me desconcertó por completo. Abrí el sobre y busqué a su autor. La doctora Hannah Brown.

 

Jueves abril 19, 2012 16:57

La señal – Avance

Los primeros rayos de la mañana iluminaban su larga melena. Emily dormía plácidamente mientras yo acariciaba con delicadeza su piel sedosa, temeroso de despertarla. Disfrutaba de ese instante a solas, tenerla sólo para mí era una gozada. Lástima que tuviera que despertarla para ir a trabajar. Con mucho sigilo, me separé de ella y fui hacia la cocina para prepararle un delicioso desayuno.
Preparaba unas tortitas mientras sonaba a mis espaldas una voz femenina procedente de la televisión. Sin saber por qué, me giré y presté atención a sus palabras. Mia Johnson, presentadora de las noticias matinales, narraba la escalofriante mutilación de un cadáver encontrado a orillas del río Hudson, cerca de Manhattan.
Estás pálido, John. ¿Te encuentras bien?
Emily me observaba asustada.
Sí, cariño. Sólo estaba viendo las noticias.
¿Seguro? - mi respuesta no lograba convencerla.
Yo tampoco estaba muy seguro de mi respuesta. No podía dejar de pensar en la señal que habían encontrado grabada en uno de los restos. Hannah estaba cerca.

J.D.

Lunes diciembre 5, 2011 22:27

Segunda oportunidad

Después de una tarde fructífera, decido recoger mis cosas y marcharme a casa. Abatido, abandonado por las musas, desecho cualquier atisbo de idea creativa que he tenido durante estas últimas horas.

- No te voy a preguntar qué bicho te ha picado, porque ya lo sé. Pero no te negaré que estoy preocupada…

Absorto en analizar los pasos que me han llevado a hundir mi relación con Emily esta tarde, no me doy cuenta de la presencia de Jane en el despacho.

- ¿Perdona?

- Desde que trabajo para ti siempre te he visto sereno, nunca has perdido las formas. Entiendo por qué has explotado, pero las formas… lo de esta tarde no ha sido normal.

- Pues luego ha sido peor. Lo he estropeado con Emily. Para siempre.

Jane me mira extrañada.

- ¿No has hablado con ella?

- No.

Suspiro. No me apetece revivirlo, pero espero que al contarlo pueda librarme de este peso que llevo encima.

- Al poco de llegar a la oficina, ha venido Emily y me ha preguntado por qué me he comportado así con ella.

– ¿Y? – me mira suspicaz, temiendo mi respuesta.

- Me he enfadado – viendo su reacción, añado- aún más. Y he estallado. Le he dicho que estoy loco por ella.

Sus carcajadas resuenan por todo el despacho. Hubiera esperado cualquier reacción excepto esa. La miro, dolido y ella para en seco.

- Perdona – se disculpa, intentando contenerse. – Es que sois tal para cual.

– ¿Qué quieres decir?

– Estás tan seguro de lo que crees que siente Emily que no te das cuenta de lo que verdad siente.

– Si lo que estás insinuando es que siente algo por mí, creo que estás muy equivocada.

– No lo insinúo. Lo sé.

– Si hubieras estado aquí esta tarde dirías lo contrario…

– Soy muy intuitiva. No suelo equivocarme en estas cosas.

– ¿En serio? Pues entonces haces sufrir a Edward a propósito.

– ¿Edward? – pregunta sorprendida.

- No puedo creer que no te hayas dado cuenta. – Adopto el mismo tono socarrón que había tenido ella hasta ahora.

- Estás de broma. ¡Pero si cada vez que estamos juntos sólo dice estupideces!

– ¿Y por qué crees que es? Le pones nervioso y no sabe cómo actuar.

Justo en ese instante, Edward irrumpe en el despacho.

- John, te vienes a…esto, tenemos que preparar la reunión…- me mira apurado, esperando que le eche una mano.

Sonrío, ya que Jane se da cuenta de que lo que le he dicho es cierto.

- Yo ya me iba. Mañana hablamos.

Se dirige a la puerta, no sin antes detenerse para lanzarme una señal de aviso, empequeñeciendo sus ojos. Asiento con la cabeza y prosigue. Pasa cerca de Edward, que se aparta de la puerta para cederle el paso, pero ninguno de los dos dice nada. Cierra tras de sí la puerta y nos deja a solas.

- Esta tía me tiene loco.

- ¿Y por qué no le dices nada? – le animo, aunque sé a ciencia cierta que no se atreverá.

- ¡Qué dices!¿Acaso no has visto cómo me trata? Si ni me mira a la cara…Se pensará que soy gilipollas.

– ¿Estás harto de salir con modelos y ahora me dices que tienes miedo de pedirle una cita a una compañera de la oficina?

- Ella es diferente.

– ¿Por qué?

Después de un largo suspiro, responde tímidamente.

- Porque ella es diferente. No se deja impresionar por ropa de marca o cenas en salas VIP.

– Yo sólo te digo que si no lo intentas nunca lo sabrás.

Asiente, pensativo, plenamente consciente de que tengo razón. Decido no machacarle más, así que recojo mis cosas y bajamos a tomar algo al 40′s.
Hacemos una copa rápida y cojo un taxi para volver a casa. Jack, el portero, me abre amablemente la puerta. Le saludo y entro decidido a tomar el ascensor, cuando Jack me para y susurra en tono cómplice:

- Una señorita le espera.

Asomo la cabez entre las puertas y veo que Emily me espera, sentada en uno de los sillones que hay en la sala principal del portal.

- Muchas gracias.

Me acerco a ella, ansioso por saber qué quiere pero temeroso al mismo tiempo, ya que tengo la certeza de que no me gustará lo que me vaya a decir.

- ¿Tienes un minuto?

- Sí, claro. Podemos ir a una cafetería que hay cerca.

- Prefiero que vayamos a tu casa, si no te importa.

Hago ademán para que se dirija al ascensor y la acompaño dos pasos detrás suyo. Esperamos a que llegue sin mirarnos, los dos vista al frente. Entramos en silencio, evitando encontrarlos con la mirada. Las notas del hilo musical hacen más incómoda la situación. Finalmente el ascensor para en mi planta. Salimos en silencio. Rezo para que los segundos pasen y se acabe esta tortura.

- Creo que te debo una disculpa. No debería haberme marchado así.

Eso sí que no me lo esperaba. ¿Debería disculparme yo por lo que le había dicho o esperar a ver en qué desembocaba aquello?

- Creo que soy yo el que debería disculparse. Siento haber perdido las formas.

- La verdad es que te has pasado un poco – sonrió.- Pero tienes toda la razón para estar enfadado conmigo. Es por eso que he venido.

Hace una breve pausa, estudiando mi reacción y prosigue.

- Al principio no sabía si podía confiar en ti. Eras amigo de Paul y te comportabas como él. Pero luego descubrí que érais totalmente diferentes. Si no hubiese sido por ti, después de cómo me trató Paul, no sé qué habría hecho. Lo pasé muy mal y tú fuiste testigo de ello.

Se acerca el momento. Ahora es cuando dice que sólo me ve como a un amigo.

- La gente siempre te dice que las cosas mejorarán, que recibirá su merecido…pero yo nunca lo he visto, sino todo lo contrario. Te hacen daño y siguen con su vida.  Es por eso que quiero saber qué es de él, si se está pudriendo en algún lugar de mala muerte, abandonado, sin un centavo, llorando por las noches. Es muy cruel, ¿verdad?

- No, tienes todo el derecho del mundo a odiarle.

- No le odio. Sólo quiero que sufra aunque sea una décima parte de lo que ha hecho sufrir él.

No puedo evitar sonreir. No conocía esa faceta sádica de Emily.

- Te puedo asegurar que ha sufrido lo suyo.

- ¿Sabes lo más extraño? En realidad le estoy agradecida.

- ¿Y eso?

- Porque gracias a él he aprendido a conocer mejor a las personas y…- se acerca a mí sin dejar de mirarme a los ojos -he podido conocerte a ti.

No puedo responder. Sus labios sellan los míos con un beso cálido e inesperado.

J.D.

 

Martes octubre 4, 2011 09:08

Lo bueno, si breve…

Soy feliz. Es una sensación a la que no estoy habituado y me resulta cuanto menos extraña.
Tengo un trabajo estupendo, Emily y yo pasamos cada vez más tiempo juntos y Paul ya no está.
Lo más curioso es que nadie pregunta por él. Ha desaparecido y todos dan por supuesto que está disfrutando de unas largas vacaciones en una playa…
- ¿Y no sabéis nada de Paul?
Mierda. Para qué habré abierto la boca. Adiós a mi felicidad.
- Seguro que está en una playita del Caribe, rodeado de rubias y con una sonrisa en la cara – suelta Edward sin hacer caso a la mirada fulminante que Jane le ha lanzado.
Si fuera un rayo ya habría caído fulminado, pero él vive feliz en su mundo. Jane, mira comprensiva a Emily, que intenta disimular el daño que le ha hecho el comentario.
- Pero su familia o alguien sabrá algo, no? Algún día tendrá que dar señales de vida. No creo que se pase las veinticuatro horas del día de fiesta!
- Anda que no!!!Todo el día rodeado de latinas…ayyyyyyyyyyy ¿Pero qué haces John?
– A mí no me mires. - Respondo bruscamente a Edward mientras desafío la mirada de Jane. -Francamente, no te entiendo, Emily.
– ¿Por?
– John, no sigas.
Emily mira sin comprender a Jane, que no deja de tamborilear con los dedos en la mesa, expectante a mi reacción. Edward, por su parte, sigue molesto por la patada en la espinilla que le ha dado Jane.
- ¿Cómo que no? Es que no me entra en la cabeza. ¿Cómo puede ser que se preocupe tanto por un tío que la ha utilizado cuando le convenía, la ha humillado y se ha reído tanto de ella?
Sufres por alguien que no merece la pena, pero te está bien empleado porque no quieres darte cuenta.

Soy una persona bastante paciente, pero este tema me tiene bastante quemado. Así que sin decir nada más, me levanto y me voy, no sin antes hacer un gesto al camarero para que lo cargue todo a mi cuenta.
De camino a la oficina sigo dándole vueltas al tema. A cada paso que doy, voy encendiéndome más. Suerte que en la oficina no hay nadie y me puedo relajar. Jane me ha dejado el informe que le había pedido unas horas antes, tan eficiente como siempre.
Me dejo caer en el sillón de piel y mi vista se pierde en la profundidad de la vista que ofrece la cristalera del despacho, mientras voy pasando las hojas del informe sin prestarles atención.
- ¿A qué ha venido eso?
Emily entra en mi despacho, precedida por un huracán.
- Emily, tengo mucho trabajo. Si me disculpas…
– No, vamos a hablar de esto. ¿Acaso te he hecho algo para que me ataques?
– Veo que conmigo sí que tienes valor a decir las cosas a la cara…
Intenta disimular, pero sabe que la he pillado.
- Mira, no sé qué tienes contra Paul, pero mi relación con él no tiene nada que ver con que me trates como lo has hecho hoy.
– ¿Que no tiene nada que ver? ¿Me estás hablando en serio?
– No.
– Pues entonces debo haberte entendido mal, porque viendo cómo te trataba él, pensaba lo contrario.
Me levanto y Emily retrocede, asustada.
- ¿Te doy miedo? ¿Crees que te voy a hacer daño? Esto es el colmo. Estoy harto de ver cómo te llamaba y tú corrías detrás de él, de ver cómo se presentaba con una modelo y tú te escondías para que no te viera llorar. Estoy harto de ser tu paño de lágrimas mientras sigues suspirando por él. Estoy loco por ti y estoy harto de que no te des cuenta.

Ya está. Lo he dicho y la he asustado. Emily retrocede y da media vuelta, abandonando mi despacho sin decir nada.

J.D.

Viernes junio 10, 2011 18:32

Sin mirar atrás (parte II)

- ¿A quién no le gustaría pasar unos días  en el sur de Florida? A cualquiera que le preguntes mataría por poder ir.

Edward se mostraba sorprendido ante mi rotunda negativa. Cualquiera querría ir, sí, todos excepto yo.

- Será genial. Habrá chicas en bikini, música, alcohol, la playa… - él seguía con su charla, tratando por todos los medios de convencerme.

Sonaba a la típica fiesta de adolescentes que salían en las películas, en las que un tímido muchacho aprovechaba que sus padres se marchaban de fin de semana para invitar a todo el mundo y ser el más popular del instituto.

- Ya te he dicho que tengo mucho trabajo – le interrumpí bruscamente. Comenzaba a estar aburrido de tanta charla.

Mi tono de voz le hizo bajar de las nubes.

- No sé qué te pasa últimamente. Sé que tienes mucho trabajo desde que echaron a Paul, pero todos sufrimos las consecuencias. Por eso quiero que vengas, para que te relajes un poco y que volvamos a reunirnos los tres.

- ¿Los tres? – le pregunté, intrigado – ¿A quién más has invitado?

- Hombre, no pretenderás que te dejemos todas las chicas para ti sólo. Paul también viene.

Esas tres palabras captaron mi atención por completo. Así que Paul también iba a ir… No se me volvería a presentar una ocasión mejor.

- ¿Has conseguido hablar con él? Lleva semanas desaparecido.

- Sï, está en la casa que tienen sus padres en los Hamptons. Dice que se está tomando un descanso, para pensar qué quiere hacer. – Añadió con tono irónico.

- Está bien, me apunto. No me gustaría que se os aguara la fiesta por mi culpa.

- ¡Sí que te has hecho de rogar!Menos mal que ya rerservé el vuelo, sino ahora tendríamos que ir en turista. – Puso cara de espanto con sólo pensarlo.

- O podrías pedirle el jet a tu padre….

- Ojalá pudiera, pero está en plan “ejemplar” y quiere que sea independiente, me labre una carrera por mí mismo y blah, blah, blah – entornó los ojos mientras comentaba- le ha nacido la vena paternalista. ¡A buenas horas!

Horas después nos encontrábamos los dos plácidamente acomodados en nuestros asientos, rumbo a Miami. El avión de Delta AIrlines se preparaba para despegar, dejando atrás el aeropuerto JFK de Nueva York. Una vez se elevó del suelo, recliné mi asiento y cerré los ojos, dispuesto a dejarme llevar por la música que sonaba en mi iPod.

Tres horas más tarde nos encontrábamos en el aeropuerto de Miami. Tomamos un taxi y que nos llevó hasta la casa, en Indian Creek, una isla al noroeste de Miami Beach.  Al salir del taxi, una mansión espectacular nos daba la bienvenida.

- No te dejes impresionar aún – presumió Edward. – Lo mejor está por llegar.

Y estaba en lo cierto. En su interior, una marabunta correteaba frenética por los pasillos. Los tacones de las camareras repicaban contra el suelo de mármol mientras llevaban las bandejas de canapés a las mesas bajo la atenta supervisión de Desmond, el mayordomo de la familia.

Edward quería que su fiesta fuera la más sonada de la zona y lo iba a lograr. Cualquiera que fuera alguien estaría aquella noche.

- Buenas tardes, señor Goldman – se apresuró a saludar Desmond. – ¿Han tenido un vuelo agradable?

- Sí, gracias Desmond. – contestó mientras el mayordomo nos cogía las americanas y las guardaba en un pequeño armario en el hall, camuflado detrás de un gran espejo de cuerpo entero – ¿Cómo va todo?

- Según lo previsto, señor. Sus habitaciones están preparadas, por si desean descansar antes de la velada.

- Magnífico. Paul llegará en un par de horas. Yo me quedaré a supervisar, pero tú si quieres puedes irte a dar una vuelta, John.

- ¿Desea que lo acompañe a su habitación, señor?

- No, tranquilo Desmond. Ya lo acompaño yo.

- Muy bien señor. Si no desea nada más, continuaré con los preparativos.

- Gracias, Desmond.

Dejamos el salón principal y subimos la escalera central, que conducía al piso superior y que estaba exquisitamente enmoquetada en un tono crudo. En la planta, todas las paredes exteriores eran grandes cristaleras sujetadas por columnas de madera de teka. Entramos en la primera habitación y Edward hizo un gesto.

- Bueno, aquí tienes. ¿Qué te parece?

- Espectacular.

Edward sonrió complacido. No podía dejar de mirar por la cristalera. La puesta de sol dejaba sin palabras. Las siluetas de los edificios que se veían a lo lejos se realzaban gracias al intenso color naranja que predominaba, mientras se ocultaba el sol tras ellos. Las palmeras que había en el embarcadero de la casa transmitían calidez. Era una vista única.

- Te dejo, que tengo que vigilar todo esto. A las nueve empieza, ¡así que no te retrases! - Y dicho esto salió tras cerrar la puerta.

Disponía de poco menos de dos horas para conseguir un coche y una lancha. No había tiempo que perder. Llamé a un taxi que me llevó a Bal Harbour Beach. Allí había una oficina de alquiler de coches. Bajé del taxi y entré. Una rubia muy bronceada me dio las llaves de un Freelander sin perder su blanca sonrisa, mientras pestañeaba sin cesar. Era muy atractiva y seguro que podría pasar un buen rato con ella, además me proporcionaría una coartada. Así que le di la dirección de la casa. Estaba seguro de que Edward estaría encantado.

Ya con el Freelander me dirigí a mi siguiente parada: buscar una lancha en los Everglades. El navegador me llevó hasta un cruce entre la 27 y Krome Ave. Giré a la izquierda y me adentré en una carretera secundaria. Buscaba algún granjero que tuviera allí una lancha pero no hubo mucha suerte. Unos diez kilómetros más adelante, un hombre salía de una caseta bastante ruinosa de madera y a su lado, cercana a la orilla, había una lancha. Premio. Era un hombre bastante castigado, de mediana edad, que aparentaba más edad de la que en realidad tenía. Llevaba unos tejanos roídos y una camiseta de tirantes bastante sucia y que en otros tiempos fue blanca. Me miró sorprendido y echó la mano al interior de la caseta mientras esperaba a que saliera del coche.

- Hola, buenas tardes – comencé a hablar en tono conciliador, mientras salía del coche y me acercaba pausadamente. – Sé que sonará extraño, pero mi prometida, bueno, mi esposa … estamos aquí de luna de miel – añadí una media sonrisa he hacía vibrar mi voz – siempre ha deseado visitar este lugar.. y me gustaría saber si podría alquilarme su lancha para dar un paseo.

El hombre soltó aquello que debía agarrar dentro de la caseta, una pala tal vez, y se acercó. Estuvo pensando unos minutos y finalmente habló.

- Yo no paseo a la gente. Hay gente que hace viajes…

- No, no. - Interrumpí. – La alquilaría para mi mujer y para mí. Un par de horas como mucho, para dar un paseo. Esta noche.

- Este lugar es muy peligroso si no se conoce bien y más si es de noche.

Debía convencerle, rápido.

- He estado estudiando mapas y viendo documentales. Por favor….sería un regalo fantástico para mi esposa. Acabamos de perder el bebé que esperábamos y he organizado este viaje para animarla un poco.

- Creí que estaban de luna de miel.

Este hombre era más listo de lo que parecía.

- Sí, es una segunda luna de miel. Vinimos aquí en la primera y se quedó con las ganas de visitar este lugar.  Espero que la alegre, lleva unos meses muy deprimida.

Asintió brevemente.

- ¿Ya sabe manejar estos cacharros?

- He llevado lanchas motoras. ¿Son muy diferentes?

- No, podrá manejarla. ¿Cuánto va a pagar?

- El dinero no es un problema.

En cinco minutos ya tenía las llaves de la lancha y las indicaciones de su funcionamiento. Además, me había aconsejado adónde llevarla y los lugares más peligrosos de la zona.

-¡Sobretodo, vigile que no se le suban los cocodrilos a la lancha!

Los cocodrílos no serían el único problema para Paul.

Me había retrasado bastante. El trayecto de vuelta duraba una hora aproximadamente. Logré llegar a la casa en treinta minutos. Esquivé a Edward, que gritaba a todo el que pasara delante suyo y subí a cambiarme. Salía de la ducha cuando Paul apareció por la puerta.

- Edward necesita una copa.

- Y tú se la ibas a llevar, ¿verdad? – señalé la que llevaba en la mano.

- No, ésta es para mí. – Añadió con una sonrisa.

Acabé de vestirme y bajamos. Algunos invitados ya se encontraban allí, mayoritariamente chicas. En apenas veinte minutos, el salón principal se llenó de vestidos de diseño y camisas de última moda. Paul llevaba un buen rato en la barra cuando noté unos golpecitos en mi hombro.

- ¡Hola! - exclamó pizpireta mi cita de aquella noche.

- Hola. Estás preciosa. – solté mientras le daba un beso en la mejilla.

Bajo el moreno noté como se coloreaban sus mejillas.

- Espera un segundo que voy a buscarte una copa.

Me acerqué a la barra. Paul ya iba por el quinto bourbon. Me iba a poner el trabajo bastante fácil.

- Ahhhhhhhhhhh, ¿y eesa rubia? – comenzaban a relucir los efectos del alcohol.

- ¿Qué va a tomar? – nos interrumpió el camarero.

- Dos copas de Moët, por favor. – Contesté, y mirando a mi cita le dije a Paul. – Es una chica que he conocido esta tarde.

- Mmmmmmmmm.

Para él acababa de convertirse en la presa de aquella noche. A la que me separara de ella, se abalanzaría como un buitre. Pero en realidad ella era el cebo. Y él, mi presa.

Hacia la medianoche, se había trasladado la fiesta a la playa. Habíamos pasado la noche bailando y bebiendo y tenía que reconocer que estaba siendo una de las mejores citas que había tenido últimamente. Pero no podía perder mi objetivo de vista. Paul había mantenido las distancias y seguía cerca de la barra.

- Voy un momento al baño. ¿Me esperas aquí? – añadió con voz sexy.

- Sí, por supuesto – añadí con el mismo tono.

Ella respondió con un beso.

- Espera – la agarré del brazo.- Mejor sube a mi habitación, que tiene baño y estarás más tranquila. Es la primera.

Sabía que Paul iría tras ella, así que esperé a que la siguiera y subí. Paul estaba a punto de entrar en el baño. No me fue difícil sacar su cuerpo y meterlo en el maletero. La dosis de sedante que le había administrado era pequeña, por lo que debía darme prisa en llegar. Una vez hube aparcado, saqué a Paul del coche y puse en marcha la lancha. En pocos minutos nos encontrábamos en medio de un canal. Detuve el motor y esperé a que despertara. Era una noche apacible. La brisa hacía el ambiente más soportable y se podían ver las estrellas. Finalmente, la bella durmiente despertó. Aún confundido y desorientado, comenzó a gritar.

- John, ¿dónde estamos?

Trataba por todos los medios de soltarse, pero era una tarea difícil estando tendido en la lancha, boca arriba, con los pies y las manos bien atadas con cinta.

- Díle a Edward que salga. Ya os habéis divertido bastante a mi costa.

- Edward no está aquí. Estamos solos tú y yo… y los caimanes. Es hora de darte una lección.

- Si es por cómo me he comportado estos meses… lo siento. He perdido el norte. Pero vamos, tampoco es para ponerse así.

- ¿Acaso crees que me importa tu humor de estos meses?

- Entonces…¿qué narices hacemos aquí?

- Paul, si colaboras más, todo será más fácil….y menos doloroso.

- Mira, cretino – comenzaba a enfurecerse.- O terminas ya con toda esta historia o te aseguro que acabaré contigo. Haré que tu vida sea un infierno. No serás nadie…

- Como hiciste con Emma.

- ¿Quién?

- Una chica rubia, con la piel de porcelana… ¿la recuerdas?

- ¡Sácame de aquí!

- He estado hablando con ella…

- ¿Y se puede saber cómo ha sido eso, si está muerta?

Mi sonrisa empalideció su rostro. Se acercaba el momento.

- Es curioso que lo menciones… El caso es que ella quería vengarse de ti, hacerte lo que tú le hiciste.

- ¡Yo no le hice nada!

- ¿Y cómo sabías que estaba muerta? La policía la sigue buscando.

Se acababa de descubrir.

- Me lo he imaginado, cuando has mencionado que no la habían encontrado.

- No van a encontrarla, ¿verdad? Ya te has encargado tú de eso. ¿Dónde está?

- No lo sé. Si lo supiera, te lo diría. ¡Acaba ya con todo esto!

- Tranquilo, no serías tan impaciente si supieras cómo va a acabar esta noche.

- ¿Qué piensas hacerme?

Saqué un cuchillo y se lo mostré. El reflejo de la luna se podía ver en su hoja.

- ¡Estás loco!

- ¿Me vas a decir dónde está?

- ¡No lo sé!

Comenzaba a ponerse histérico.

- Veo que no quieres colaborar. Segundo intento: ¿por qué lo hiciste?

- ¿Quieres saberlo?

- Sí.

- Porque era un rollo de una noche, pero ella no lo entendió y empezó a llamarme llorando. Aparecía en el club y montaba una escena si me veía con otra chica.

- Y por eso la mataste.

-¡Fue un accidente! Una noche se presentó en mi casa. Me enseñó unas fotos y dijo que las iba a enviar a todos los periódicos. ¡Me quería destruir!Yo intenté convencerla pero salió corriendo. Corrí tras ella entre los árboles. Traté de alcanzarla pero desapareció. La estaba buscando cuando oí un grito. La encontré en el suelo. Se había caído y se había golpeado la cabeza con una piedra. Tenía sangre por toda la cara y una brecha en la sien derecha.

Yo seguía impasible, esperando a que saciara mi curiosidad.

- No tenía pulso y sabía que nadie me creería. Así que decidí librarme de ella.

- ¿En qué bosque está?

- Detrás de casa tenemos un acceso al Highlands State Park. Pero ella no está allí.

- ¿Qué hiciste con ella?

- Tiré su cuerpo al Hudson.

No había motivo para alargar aquelo más tiempo. Guardé el cuchillo en mi mochila y Paul respiró aliviado.  Me acerqué a él. Rápidamente se sumió en un profundo sueño del que jamás despertaría. Los cocodrilos harían el resto.

J.D.

Lunes enero 31, 2011 21:29

Sin mirar atrás (parte I)

Hacía ya varios meses que había desaparecido de mi vida. Volvía a dormir plácidamente y me levantaba de mejor humor.

No la había vuelto a ver desde la noche en la que Paul murió.

Tras recibir la llamada de Edward aquella tarde, tomé un taxi y me dirigí hacia el 40′s. Recorrimos las calles sin apenas tráfico y en pocos minutos me encontraba frente a la puerta del local.

No había mucha gente en su interior, sin embargo el ambiente era muy bullicioso. En la barra, Edward trataba de evitar que Paul se metiera en problemas.

- ¡Eh, tú, chico! Ponme otro whiskey con hielo.

Paul balbuceaba sin coherencia alguna.

- Paul, déjalo ya. – Decía, alejándole de la barra mientras negaba con la cabeza al camarero. – Llevas cinco copas.

- ¡A ti qué te importa!- le apartó de un empujón. – ¡Ésta es la última!

La cara de Edward era un poema. Su rostro cambió cuando me vio aparecer.

- ¡Menos mal que has llegado! – exclamó sin apartar su mirada de Paul.

Me aproximé a la barra y me pedí una Bud, a la vez que los contemplaba discutir. Casi me atraganto al ver una figura femenina entre ellos. Su tez, blanca, de porcelana, se distinguía del resto. Sus ojos, grises, fríos, helaban la sangre. Si las miradas mataran, ella lo habría conseguido, ya que ese parecía ser su propósito. Ponía todo su empeño en Paul, pero éste parecía no percatarse.

En ese preciso instante, sus ojos se encontraron con los míos. No me dio tiempo a reaccionar. Nuevamente desaparecía frente a mí.

- ¿Qué sucede, John? – Paul apenas se sostenía en pie y Edward hacía malabarismos para sujetarlo. – Parece que hayas visto un fantasma. ¿vas a ayudarme o qué?

La busqué con la mirada, pero no tuve éxito. Viendo que no obtenía respuesta, Edward se olvidó de mí y arrastró a Paul a la salida, llamó a un taxi y metió a Paul en él a la fuerza. Se sentó a su lado y el vehículo arrancó. Decepcionado, paré un taxi y me fui a casa.

Durante la noche, miles de imágenes asaltaban mi mente. Figuras en blanco y negro se superponían las unas a las otras sin sentido. Yo me encontraba en medio, rodeado por esas figuras, sin lograr comunicarme con ellas. Angustiado, me levanté de la cama. En la televisión sólo había canales comerciales. En la mesa había un bloc de notas y un lápiz. Instintivamente, los cogí y comencé a garabatear. El sonido del despertador me sacó de mi trance. Me levanté de la silla y me preparé para ir a trabajar.

La mañana en la oficina comenzó bastante agitada. Con el despido de Paul, los rumores se sucedían a lo largo de la mañana. A media mañana, Jane, la secretaria del jefe, se acercó sigilosa a mi mesa.

- El jefe quiere hablar contigo. – Susurró mientras se aseguraba de que nadie nos observaba. – Ahora.

- ¿Ahora? – exclamé, sorprendido. No quería ser el próximo en caer. – ¿Y sabes para qué es? – mantuve su mismo tono de sigilo y le añadí una sonrisa cómplice.

- No, y ya sabes que no se le puede hacer esperar. Aunque… – y con la misma sonrisa cómplice – parece que esta mañana está de muy buen humor.

No me entretuve y acompañé a Jane al despacho del jefe. Esperé a que ella me anunciara y él me hiciera pasar. Nunca había estado antes y siempre me lo había imaginado como un lugar bastante tétrico. Todo lo contrario, los grandes ventanales permitían que los rayos del sol iluminaran la estancia. Las sillas y el escritorio le conferían un diseño minimalista y moderno. De pie, mirando a través de la ventana central, se encontraba él.

- Siéntate, John.

Aquella voz intimidaba de verdad. Rápidamente fui a sentarme en una de las sillas que se encontraban frente a su escritorio.

- Siempre me han gustado las personas ambiciosas.

Hizo una breve pausa, sin girarse, esperando una palabra por mi parte. Yo permanecía callado, expectante ante lo que podía suceder a continuación.

- Pero valoro mucho más la lealtad y la entrega.

Esta vez me miró a los ojos cuando pronunció las palabras. Sin saber cómo reaccionar, mantuve mi pose sobria, aguardando la bomba. Viendo que no emitía sonido alguno, prosiguió.

- Por eso sé que eres el candidato idóneo para el puesto de director creativo.

Aquello no me lo podía creer. Después de las innumerables horas de trabajo y la competencia desleal por parte de Paul, recibía mi recompensa. El brusco carraspeo me hizo bajar de las nubes.

- Gracias, señor. – Era lo único que se me ocurría en aquél instante.

- Bien. Jane te acompañará a tu nuevo despacho para que puedas instalarte. Mañana a las doce hay una reunión en la que te presentaré formalmente. Puedes retirarte.

Me levanté de un salto, como si fuera un muñeco con resorte en una caja musical. Salí sigiloso y esperé frente la mesa de Jane. Al cabo de unos minutos, ella volvía con una taza humeante de café. Se sorprendió de verme allí, pero fue directa a la puerta. Llamó con dos golpecitos y esperó unos segundos para entrar. Instantes después, salía muy seria. Yo permanecía de pie, explotando por dentro. Ella se dirigió a su mesa y buscó en uno de sus cajones. Luego se puso frente a mí

- Si es tan amable, señor director, acompáñeme por aquí. – Dijo en tono solemne, haciendo ademán para que la siguiera.

Seguimos por el pasillo hasta llegar a mi nuevo despacho, sólo le separaban otros tres de donde estaba el del jefe. Jane abrió la puerta y me hizo pasar. Ella entro detrás de mí, me dio las llaves al mismo tiempo que besaba mi mejilla y se fue, cerrando la puerta tras ella. Me acerqué al gran ventanal y ante él, observé las fabulosas vistas de la ciudad que me ofrecía. Fue entonces, con aquella claridad, que recordé el blog de notas. Bajé a mi antiguo despacho y lo busqué en mi maletín. En la hoja garabateada, aparecía la imagen de la mujer que me perseguía. Su rostro tenía todo lujo de detalles. No podía dejar de pensar en ella y no sabía como encontrarla.

- ¡Guau! ¿De dónde has sacado el retrato de Emma? ¿Lo has hecho tú?

Edward acababa de irrumpir en mi despacho.

- ¿De qué narices me estás hablando?

- De ese dibujo – dijo, señalando el bloc con mi boceto. – Era una antigua “novia” de Paul. ¿Es tuyo?

- Me he encontrado el bloc en uno de sus cajones y estaba curioseando un poco – mentí.- ¿Y dices que era novia de Paul? No me suena.

- Desapareció poco antes de que entraras a trabajar aquí, si no recuerdo mal. Un día Paul le dijo que ya no quería seguir viéndola y ya no supe nada más de ella. – Se acercó a mí y en tono confidente añadió – Era una chica estupenda, pero ya sabes cómo trata Paul a las chicas.

Asentí sin añadir palabra. ¡Por ese motivo se encontraba ella en el 40’s! ¿Pero por qué Edward no la había visto?

- ¿Emma, eh? Es posible que se la haya oído mencionar a Paul – insistí.

- Sí, Emma Stuart, creo recordar.

Perfecto, ya tenía por dónde comenzar a investigar. Ahora sólo tenía que deshacerme de Edward.

- Oye, Edward, ¿tienes los informes de las cuotas de mercado del último trimestre?

- No, de eso se encargaba Paul. ¡Mierda! – Exclamó, al ver la expresión de mi rostro – ¡Y es para mañana! Más vale que busque a su ayudante.

Recogí mis cosas y me trasladé a mi nuevo despacho. Nadie excepto Jane sabía que me encontraba allí, así que no sería molestado. Estuve todo el día buscando información sobre esa chica. Había comenzado a oscurecer y no había encontrado nada. Era un nombre bastante común y todo eran comentarios en redes sociales. Desesperado, aparté el bloc de un manotazo. Frustrado, comencé a dar vueltas en la silla. Acabé mareado y frente a la ventana. Entonces, en el cristal, vi su imagen. Temeroso ante la idea de verla desaparecer de nuevo, giré la silla muy despacio para ver aquello que se había reflejado. En el monitor, aparecía la foto de Emma y una detallada descripción. Era su perfil en la página de personas desaparecidas.

J.D.

Lunes junio 28, 2010 12:46

Primer intento

No podía dormir. Las sábanas me aprisionaban. Daba vueltas y más vueltas y era incapaz de librarme de ellas. El aire era escaso en la habitación.

Por más que me revolvía, no lograba conciliar el sueño. Aquella piel de porcelana se aparecía constantemente. Parecía que quisiera decirme algo, pero no conseguía descifrar el qué.

Miré el despertador y faltaban dos minutos para que sonara la alarma. Me levanté y comencé mi rutina diaria.

El día en la oficina fue de lo más tranquilo, incluso fue un gran día, gracias en gran parte a la noticia que me dio Emily.

- ¿Sabes que han echado la bronca a Paul?

Yo la miré sorprendido, ya que por mucho que había rezado, jamás creí que aquello fuera a suceder.

- Ah, ¿en serio? No habrá sido tan grave…

Le resté importancia al asunto. No quería crearme falsas esperanzas.

- Pues se rumorea que lo van a despedir… Como fue incapaz de tener lista la presentación de la cuenta Gilmore a tiempo…

- Hoy ha venido a trabajar – puntualicé.

- Sí, pero ahora está en el despacho del jefe. Y dudo que sea una reunión amistosa.

Coincidía con ella en la observación, pero no íbamos a dar más vueltas al asunto. Volví a centrarme en el trabajo.

Una hora después vi pasar a Paul con su maletín que con el gesto altivo que le caracterizaba se dirigía al ascensor. Entonces los rumores se sucedieron. Sentía curiosidad por saber qué le había pasado, pero más aún por la mujer misteriosa de la librería. Decidí volver a su encuentro.

Nada más salir del edificio, corrí a la tienda. Recorrí los pasillos en su busca sin éxito. Finalmente llegué al pasillo donde la había conocido, por un instante solamente. Allí estaba. Con una mirada que congelaba la sangre en las venas. Traté de buscar un tema con el que entablar una conversación. Estaba a punto de hablar cuando vibró mi móvil. Era Edward.

- ¿Qué dices?¿Que Paul está borracho?¡¡Pero si son las cinco y media solamente!!Sí, termino un asunto y voy para allá. Nos vemos en el 40′s.

Colgué rápidamente para seguir mi conversación, más bien comenzarla, cuando me di cuenta de que estaba solo. Había vuelto a desaparecer.

J.D.

Martes junio 1, 2010 17:06

Revelaciones

Chicas corriendo por la oficina, tratando de no perder la compostura por el camino. Paul se agitaba continuamente, como si alguien apretara un botón y se le aplicara una descarga.  En medio de toda esa agitación, paraba a una de las chicas al azar  le echaba una pronca descomunal, por lo que la pobre acababa llorando en el baño.

- Suerte que solicitaste que fuera tu asistente, sino ahora sería una de ellas.

Sonreí. Había trabajado muy duro en mi último proyecto y su ayuda había sido fundamental para el éxito que obtuvimos. El trío (ahora duo) lo aceptó sin mostrar sentimiento alguno, pero el jefe dio aquello por todo un triunfo. Gracias a eso, pude convertir a Emily en mi asistente.

- El mérito fue tuyo. Yo sólo traspasé tu petición y mi valoración.

- Pero tú me has permitido pasar de una simple becaria a tu ayudante. Otro no lo hubiera hecho.

Ambos miramos a Paul, que continuaba gritando a diestro y siniestro.

- Por cierto, el libro me encantó. No tenías por qué haberte molestado. Gracias.

En realidad no sabía por qué lo había hecho. Simplemente deseaba que ella fuera feliz.

- Si no hubiera sido por tu ayuda no lo habría conseguido.

Y era verdad. Después de mi exhaustiva investigación para “educar” a mi estimado cliente, se me había pasado por completo la organización de la campaña. Emily se  ocupó de planificarlo todo y estuvo a mi lado en todo momento. Por supuesto que me encantaba tenerla cerca, pero no podía evitar mostrarme distante. No había habido ninguna referencia en periódicos, noticias, … sobre lo sucedido en aquella cabaña. Sus socios tampoco se habían pronunciado, y el jefe obvió que faltara uno de los tres miembros.  Estaba seguro de que la policía habría dado con el lugar que amablemente les indiqué. Me imaginaba sus caras una y otra vez al encontrar todo aquello.  No había supuesto , sin embargo, que una familia de una posición social como la suya se encargaría de que nada se supiera.

Aún así, Emily nunca perdió su sonrisa y yo no podía evitar desearla más. Deseaba mostrarle mis sentimientos. Por eso busqué el libro.  Mi menté volvió a viajar a la librería donde lo había comprado y donde había conocido a aquella extraña mujer.

Un grito agudo me devolvió a la realidad.

- Creo que alguien tiene problemas.

J.D.

Jueves mayo 20, 2010 13:56

Zombies a plena luz

Están por todas partes. Deambulan sin rumbo, arrastrados por la marea, como una gran masa uniforme.

No se preguntan adónde, ni por qué. Simplemente se mueven impulsados por una corriente eléctrica que les dirige a un punto en común: el centro comercial.

No comprar un regalo en una fecha señalada parece inconcebible para ellos. Víctimas de una lobotomía total, vagan por las tiendas hambrientos de objetos inútiles que adquirir para sus seres queridos. 

Los criticaba, pero me estaba comportando como uno de ellos. Aunque trataba de nadar contra corriente y dirigirme a mi objetivo, no podía evitar sentirme parte de aquello. Finalmente logré llegar a mi destino.

La librería estaba a rebosar. Si apenas podía moverme, menores probabilidades tendría de buscar un libro en concreto. Después de revisar tres veces las estanterías y de sendas consultas a los dependientes (que tenían menos idea de lo que le pedía que un niño de tres años), empecé a desesperarme. Me encaminé hacia la salida, evitando las ordas de cadaveres andantes que aferraban entre sus huesudos dedos algún ejemplar del best seller de turno y se dirigían a pagar. Otros contemplaban ensimismados la abundante publicidad de estas genialidades de la literatura universal. ¿Acaso no existía nadie en este mundo con inteligencia capaz de no dejarse arrastar por la corriente? Ya me había contestado antes aquella pregunta.

Salí del centro comercial y me dirigí a una pequeña librería situada unas calles más abajo. Me gustaba ir allí y pasear entre libros antiguos. También era el sitio perfecto para escapar de la multitud. Cuando entré, pensé que me había equivocado de sitio. Estaban por todas partes. El dependiente estaba abrumado ante tanta gente y la cola parecía no tener fin. Pero no iba a desistir en mi búsqueda, así que me adentré y recé para tener suerte. Recorrí las estanterías sin poder acercarme a ellas demasiado ya que todos las contemplaban, inmóviles, sin permitirme avanzar más que unos pasos. Desesperado, opté por salir en busca de un poco de aire fresco.

Tuve que atajar entre unos pasillos poco iluminados pero prácticamente desiertos para poder escapar de aquella horda. Aminoré mi ritmo súbitamente. Había ido a parar a una zona oscura, desierta, con olor a humedad. Aquella zona infundía una sensación extraña, en una combinación de frustración, tristeza y rabia. 

Había ido muchas veces a aquella librería pero nunca había recorrido aquellos pasillos. Me encanté al repasar los lomos de los libros con las yemas de los dedos, entreteniéndome en reescribir los títulos que habían impresos. La mayoría eran ediciones bastante antiguas pero bien conservadas al mismo tiempo. Uno de ellos aceleró mi corazón: un ejemplar de "El hobbit" en edición especial. Emily estaría encantada. Me apresuré a apropiarme de él cuando una voz interrumpió mi gesto.

- ¡Ese libro es mío! – exclamó seriamente.

Me volví para ver de dónde procedía. Una mujer delgada, con piel de porcelana, me miraba con ojos inquisitivos.

- Pero yo lo he cogido antes. 

Mi tono era amable pero firme al mismo tiempo. No me apetecía que me montara una escena, aunque dudaba de que alguien se percatara de los gritos.

- ¿Me ves? – su semblante cambió. Se mostraba muy sorprendida.

- Pues claro – afirmé, un tanto asombrado.

Simplemente se desvaneció. Ante mis ojos, su imagen se esfumó.

J.D.

Lunes abril 12, 2010 10:25

Paso en falso

Las tres de la mañana. En quince minutos se escabullirá, sigiloso, de su casa familiar. La oscuridad es su aliada.

Espero. Una sombra cautelosa se mueve entre unos arbustos y se acerca a un coche. Rápidamente se introduce en él y lo pone en marcha. Con sumo cuidado, se incorpora en la carretera. Le sigo de cerca, manteniendo la distancia para que no sospeche.

Conducimos un buen rato hasta acceder a la autovía. Atrás dejamos las luces de la ciudad, que espera con los brazos abiertos la llegada de nuevos visitantes.

No tiene prisa. Conduce despacio, intentando no llamar la atención y que nadie frustre sus intenciones. Pasados unos kilómetros, toma un desvío y el asfalto desaparece, dejando paso a una pequeña carretera polvorienta flanqueada por inmensos árboles.

De repente, se detiene. Delante aparece una casa, no muy grande y en ruinas, rodeada de un gran bosque de secuoyas. Sale del coche, seguro de sí mismo. Aquí no tiene que ocultarse, ni vigilar los pasos que da. Se dirige a la casa, se asoma a una de las ventanas que hay en la fachada principal. "Parece que todo está tal y como lo dejé", debe pensar. Bordea la casa y se dirige a la parte posterior. Allí se encuentra con un cobertizo, unos metros hacia el interior del bosque.

Espero a que entre. Como todas las veces anteriores, se quita la chaqueta, la deja en un colgador detrás de la puerta y se gira para mirar a su alrededor. Todo en orden.  Se aproxima a una mesa de madera envejecida y la retira con cuidado. Debajo de ella se esconde una pequeña trampilla, que da acceso a la bodega. La abre y desciende por los peldaños de una escalera dañada por el transcurso de los años, que se queja a cada paso que el hombre da.

No se da cuenta de que le sigo, ni me oye al bajar por la misma escalera. Está demasiado consternado para fijarse en mí. Al fondo, en la cara este de la sala, hay cinco montículos de tierra. Se aproxima, temeroso para observarlos más de cerca. Es entonces cuando se da cuenta de que las tumbas que él había excavado han sido abiertas. Se inclina para ver su interior y allí están, observándole con los bien ojos abiertos los cadáveres de tres muchachos y dos chicas. Ninguno de ellos tendría más de diez años cuando acabó con ellos. Las voces cobran vida de nuevo en mi cabeza. Reclaman justicia, poder descansar en paz.

El hombrecillo retrocede, sin dejar de mirar las tumbas abiertas. Ha perdido toda la seguridad que muestra en su vida cotidiana. Me situo detrás de él. Treinta segundos más tarde, cae desplomado al suelo.

Cuando despierta, se encuentra maniatado, sentado en un taburete frente a las tumbas. Yo lo miro, de pie, esperando a que reaccione.

- ¡Tú! – la expresión de su rostro había cambiado completamente. – ¿Que estás haciendo aquí?

Su consternación se torna rabia. Trata de adoptar el papel de líder que tanto tiempo ha mantenido. 

- Dímelo tú. ¿Qué es este lugar? – le digo con una amplia sonrisa, mientras le señalo las tumbas.

- No es asunto tuyo.

- ¿Eso crees? Dudo que la policía opine lo mismo.

- ¿Y a quién van a creer? ¿A un muchacho que me ha traído aquí a la fuerza o a un hombre respetable de esta comunidad? Si intentas darme una lección de moralidad, estás muy equivocado. Y si crees que me van a culpar a mí de todo esto, aun más. 

- Tienes razón.

- Saldré de esta – me confirma con una sonrisa triunfal.

- De eso yo no estaría tan seguro. ¿Por qué has hecho esto?

- Yo no he hecho nada.

- ¿Sabes qué? No siento que digas eso.

Un pinchazo y vuelve a quedarse inconsciente. Cuando despierta, una soga aprieta su cuello y el frágil taburete es lo único que le separa de la muerte.

El pánico retorna a su rostro. Suplica clemencia, pero sus ojos no muestran arrepentimiento alguno. Una corriente de aire hace que el taburete se desplace y unos quejidos dan paso al silencio más absoluto.

J.D.

 

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